Allí, en ese gesto aparentemente sencillo, como el hecho de practicar un instrumento musical, dejarse llevar por un movimiento o cubrir un papel en blanco con trazos inciertos, emerge algo que muchas veces no somos conscientes de que habita en nosotros: Ese algo es la sombra.
Carl Gustav Jung llamó “la sombra” a ese territorio oculto de la personalidad que guarda lo que no queremos mostrar a nadie, ni a nosotros mismos. Aunque la conciencia niegue su existencia o trate de esconderla, la sombra persiste y, tarde o temprano, de una forma u otra, busca una salida. No desaparece, se oculta, esperando agazapada un resquicio.
El arte, incluso en su forma más cotidiana y simple, abre esa puerta. Entonces una melodía improvisada al piano o unos acordes de guitarra pueden dejar escapar aquella emoción que no supimos nombrar. Un dibujo distraído puede condensar lo que callamos. Un movimiento de danza puede liberar una memoria antigua.
Cuando practicamos un arte —aunque sea en la intimidad de casa, sin público ni escenario— se produce un espejo inesperado. La sombra se hace visible sin necesidad de palabras. A veces no lo notamos en el momento, pero quien observa, o incluso nosotros mismos si somos perceptivos, reconocemos un gesto escondido, una emoción viviente que se filtra entre las notas, en los movimientos o entre los colores.
Escuchar una canción o mirar una obra de alguien más es también enfrentarse a la sombra del otro y, por reflejo, a la propia. El espectador descubre en esas imágenes o sonidos un mensaje que se oculta y que se muestra a la vez, buscando aquel lenguaje compartido para descifrarse y revelar su rostro.
Podríamos decir que el arte tiene dos planos: uno superficial, que nos exige perfección técnica y estética para ser mostrado; y otro más profundo, que nos permite entrar en diálogo con lo que está escondido, transformar lo reprimido en forma y, en ese proceso, aceptar lo que está arriba como lo que está abajo, como parte de un todo.
Quizás por eso, quienes hacen del arte una práctica personal —aunque no busquen escenarios ni galerías— experimentan una cierta catarsis que les invita a dedicar tiempo a su práctica. El arte se vuelve terapia sin pretenderlo, ritual de autoconocimiento, territorio donde la sombra se vuelve visible y, si la abrazamos, como diría Jung, deja de ser amenaza para convertirse en posibilidad.





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