El pasado 28 de abril a las 12:33 del mediodía, y sin previo aviso, las calles normalmente vibrantes se sumieron en un silencio expectante: un apagón masivo había paralizado buena parte de España, Portugal y el sur de Francia, dejando hospitales, metros y comunicaciones inoperativos durante varias horas.
Cuando la electricidad se interrumpió, no solo se apagaron las pantallas y los sistemas. Se suspendieron también los escenarios, los ensayos, las exposiciones. En un instante, la energía creativa que alimenta las ciudades quedó detenida, suspendida en un mediodía sin corriente.
Como artista, sentí ese silencio de una forma particular: no era solo la luz la que había desaparecido, sino también las pequeñas estructuras invisibles que sostienen la cultura. Eventos cancelados, galerías cerradas, ferias literarias suspendidas. En Valencia, la Fira del Llibre quedó prácticamente desierta. El Palau de la Música, una referencia esencial para los músicos mediterráneos, debió cancelar conciertos programados. Cada cancelación no solo supuso una pérdida económica, sino también emocional.
Al igual que otros sectores primordiales, los artísticos también son de los más afectados: nuestro trabajo depende de lo inmediato, del público reunido, del espacio iluminado, del sonido amplificado, de la capacidad de recibir pagos digitales. Cuando el sistema colapsa, somos de los primeros en ver cómo los proyectos y fuentes de ingreso se desvanecen.
No es la primera vez que Europa experimenta grandes apagones: en 2006, un error en la red alemana dejó a millones de hogares sin energía (France24) y, más recientemente, en 2024, Bosnia y Herzegovina, entre otros países europeos vecinos, sufrió cortes de energía significativos.
El apagón de 2025 ha sido un recordatorio doloroso de la fragilidad estructural de nuestra sociedad. Desde músicos independientes hasta pequeñas editoriales, pasando por colectivos creativos, la dependencia de infraestructuras electrónicas y digitales nos deja expuestos y, a menudo, sin red de seguridad.
Como sociedad, debemos recordar que sin cultura no hay futuro: cada concierto cancelado, cada exposición apagada, cada voz que queda en silencio debilita el tejido que nos conecta como comunidad.
El arte también necesita generadores de emergencia.
Autor: Hernán Ergueta
IG: @HernanErgueta





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